La verdadera culpable
(“…yo juré mil veces ‘no vuelvo a insistir’…”)

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Escribe: René
Ilustra: Jorgelina Tassara



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Cuando empecé a bailar andaba soltero. Tomaba la clase, me quedaba al bailongo y de a poco iba tomándole el gustito. Así fue que una noche conocí a una hermosa muchacha que tenía la indescontable experiencia de un año de baile. La veía en la pista y la sentía inalcanzable… sin embargo me dió bolilla y nació un dulce romance. El milagro duró poco: pasados los primeros momentos del encanto ella se empezó a quejar de que sentada a mi lado nadie la sacaba… Comenzamos a sentarnos en mesas separadas, pero un día a ella la invitó a bailar quien no debía y, más por instinto que por gusto, yo saqué a quien no tenía que sacar. Después del ataque de hígado decidimos separarnos. Le eché la culpa a ella, por inestable.
La solución es salir con alguien que no sea de la milonga, me dije. Conocí entonces a una chica que supo entender mi berretín. Fueron dos meses hermosos, pero la vez que aparecí con olor a perfume de mujer mucho no le gustó. Tampoco comprendió que el sábado siguiente tocara una orquesta que no me podía perder y finalmente se armó el escándalo el día que prometí pasar a buscarla después de ver la exhibición y llegué a las cuatro menos cuarto. Me eché la culpa yo, por desmedido.
Intenté después con una morocha que bailaba fenómeno. Esa vez traté de controlar los celos. Lo logré durante un tiempo, pero lo que no pude controlar fueron los celos que me despertaban los solteros; salvajes tiburones nadando a sus anchas mientras yo me repetía amargamente con mi morocha que, a esas alturas, ya no bailaba tan fenómeno como me había parecido. Cuando nos peleamos le eché la culpa a los tiburones, por contar guita delante de los pobres.
La soltería tampoco funcionó. Era una buena idea, pero se hacía dura la vuelta al barrio maldiciendo una soledad de dimensiones pampeanas. Culpa mía, seguramente, por no bancarme ni a mí mismo.
Salí entonces con una amiga de mi hermana. La cosa iba bien, y atribuí el mérito de ese buen andar a que le oculté mis arrestos milongueros durante los primeros meses. Cuando la situación resultó insostenible mencioné al pasar que cada tanto iba a bailarme unos tanguitos. Le pareció una idea fantástica: la base se la enseñé yo, el giro lo aprendió con otro y hoy descubre los secretos del tango en los brazos del muchacho con el que vive. Culpa suya, por despiadada.
Probé con las extranjeras, pero no tengo paciencia. Mi inglés es bastante inferior al de Jhonny Weismüller, no soporto el e-mail y no me entienden cuando quiero contarles que de pibe veraneaba en Mar de Ajó. La culpa la tienen las Naciones Unidas, no sé bien por qué.
Finalmente entendí que no hay solución… Al menos sin estar dispuesto a perder, y perder mucho… Me pongo el saco dispuesto a irme, pese a que empieza a sonar la tanda de Carlos Di Sarli que tanto esperaba. Me despide la voz de Roberto Rufino y entonces comprendo todo: “…culpable es la noche, que invita a querer…”.
Copyright © El Tangauta 2007


THE REALLY GUILTY ONE
(“...yo juré mil veces ‘no vuelvo a insistir’...”) (1)

When I began to dance I was single. I took the class, stayed for the dance and slowly I was beginning to like it. Thus it was that one night I met a beautiful girl who had the unquestionable experience of one year of dancing. I saw her in the dance floor and she seemed unattainable… nevertheless she paid attention to me and a sweet romance was born. The miracle was short–lived: after the first few moments of charm she began to complain that nobody asked her to dance if she was sitting beside me… We began to sit at separate tables, but one day the wrong person invited her to dance and, more by instinct than by desire, I asked to dance someone I should not have. After the attack of jealousy, we decided to separate. I blamed her for being unstable.
The solution is to go out with someone who does not go to the milonga, I told myself. I met then a girl who understood my craving. Those were two beautiful months, but she did not like it too much when I showed up once smelling of a woman's perfume. She did not understand it either when on the following Saturday an orchestra I could not miss played, and finally the big explosion happened the day that I promised to pick her up after seeing the exhibition and I arrived at quarter to four. I blamed myself, for not having self–control.
I tried later with a dark haired woman, a phenomenal dancer. This time I attempted to control my jealousy. I achieved it for some time, but what I could not control was how jealous I felt of the single guys; wild sharks swimming far and wide while I had to stay bitterly with my morocha who, at this point, was not such a great dancer as she had seemed to be before. When we split I blamed the sharks. for flaunting their riches in front of the poor.
Staying single did not work either. It was a good idea, but going back home was hard, cursing a solitude as big as the pampas. My fault, surely, for not putting up even with myself.
I started to date a friend of my sister. Things went well, and I attributed the success to the fact that I hid from her my milonguero tendencies during the first months. When the situation became untenable I mentioned in passing that every once in a while I went out to dance a few tangos. She thought it was a fantastic idea: I taught her the basic, she learned turns with another man and today she discovers the secrets of tango in the arms of the guy she lives with. Her fault, for being merciless.
I tried with foreigners, but I do not have patience. My English level is quite a bit lower than Johnny Weissmuller´s, I can´t stand e-mails and they do not understand me when I want to tell them that as a kid I summered in Mar de Ajó. It is the United Nations’ fault, I do not know exactly why.
Finally I understood that there is no solution. At least not without being willing to lose, and to lose a lot. I put my jacket on wanting to leave, despite the fact that the Di Sarli tanda I waited so long for starts to play. Roberto Rufino´s voice bids me farewell and then I understand it all: “culpable es la noche, que invita a querer”. (“guilty is the night, that invites to love”)
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N.T.: “I swore a thousand times ’I will not insist again’”, verse from Por una Cabeza, by Gardel and Le Pera.

Armandito
Jesús Velázquez
Juan Bruno
Sexteto Mayor
El Arranque
Festival y Mundial
Mariano Montes
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